jueves, 29 de septiembre de 2016

Relatos hansiáticos - N°1



Aclaración inicial

A uno se le escapan los detalles de la realidad más de una vez. Esto sucede porque no podemos pensar todo el tiempo en todo, por lo tanto damos a nuestra percepción de vez en cuando un descanso, dejando algunos detalles atrás. Una diferencia entre la repetición y la recurrencia, es que en la repetición el suceso tiene lugar la segunda vez tal cual la primera, sin diferencias. Mientras que la recurrencia reconoce la diferencia, es decir, algo sucede nuevamente, pero con una variación. Esta diferencia no llega a distanciar al primer suceso del segundo tanto como para entender estos dos sucesos como dos situaciones u objetos totalmente disímiles. Los hechos mantienen su esencia y debido a que nuestra percepción descansa en los detalles, parecieran que dichos hechos se repitieran idénticos.
Este fenómeno por el cual nuestra inteligencia desecha los detalles sobrantes en nuestro entorno, no es un simple capricho, sino una barrera de defensa contra dos potenciales dolencias: la locura y el egoísmo. Si pudiéramos percibir cada cosa, suceso y sucediendo a nuestro alrededor, no seríamos capases de procesarlo todo, ya que no tendríamos tiempo entre „cosa“ y „cosa“ para discernir y discriminar, no entenderíamos porque careceríamos de la pausa, la cesura y la tranquilidad necesarias. Por suerte nuestra psique se las arregla lo suficiente (en el mejor de los casos) para camuflar las recurrencias en repeticiones y así darnos patrones simples y fáciles de organizar. Por otra parte, y ya a titulo personal, la recurrencia camuflada me sirve para vivir en paz y armonía conmigo mismo (egoísta sin cura). Y antes de pasar al siguiente párrafo, aclaro que sobre esta última barrera defensiva hablaré de modo personal, porque es allí, en mi persona, donde he descubierto dicha defensa, y como no pretendo ser la unidad humana que a todos represente, dejaré en manos del lector la eventual generalización de mi afirmación anterior. Como ya es costumbre, me explayaré sobre el tema expuesto con una pequeña muestra de la realidad, llevada al lector por medio de un relato.



El hombre que fumaba sentado en la escalera

Cada lunes, martes y jueves de cada semana de cada mes, tengo en mi grilla de horarios (grilla mental) la cita en el club de deportes. Practico dos horas de boxeo dos veces por semana. En mi agenda hay tres días posibles para el boxeo y yo practico sólo dos de esos días, por lo que genero entre los tres días, dependiendo de lo que la semana depare, cierta aleatoriedad en la que cada semana, uno de los días queda libre: aveces los lunes, aveces los martes y aveces los jueves. Este juego da como resultado una rutina flexible. Misma frecuencia semanal, sobre diferentes días. Entonces, lo que parece ser una repetición exacta en mi rutina (dos veces por semana practico boxeo) se plaga de rugosas recurrencias que mi mente va alisando para que el fluir de la agenda no se apesadumbre. Es por eso que cuando algo sucede antes, durante o luego de los entrenamientos, me es difícil ubicarlo en un punto exacto del pasado, ya que sólo es seguro que tal hecho tuvo lugar el lunes, el martes o el jueves, pero también es seguro que hay uno de esos días en el que tal hecho no sucedió. Cuando algo en esta rutina flexible ha cambiado y llama demasiado mi atención, entonces la barrera defensiva cesa su funcionamiento por unos segundos y noto lo que antes no, eso que mi percepción, en pos de defenderme de mi mismo, ha dejado pasar.
El recorrido al club no es largo, me lleva unos 10 minutos a pie. Son: tres calles, luego un puente que cruza sobre el río, un estacionamiento, unas escaleras que me llevan a otra calle por la cual camino una cuadra, luego a la derecha y dos cuadras más. Siempre el mismo camino y las mismas cosas, los mismos tiempos y detenciones. Muchas veces me he cruzado con la misma gente. Gente que quizá, a su vez, tengan que recorrer parte de este mismo camino para completar algún segmento de su rutina. Pero una persona en particular es la que me ha llamado la atención. Sobre los primeros tres escalones de la escalera de mi ya mencionado recorrido, sentado sobre un maletín, con sus piernas retraídas y su frente gacha, vestido de traje raído, toma en un vaso de whisky su cerveza un extraño. A este sujeto lo veo una vez por semana, pero no sé qué día. Él es una repetición perdida en mi rutina flexible. Ha llamado mi atención por su interesante accionar: lo veo tomando y fumando de ida al club, y a la vuelta sigue allí, sin importar la inclemencia del tiempo, tomando cerveza de su vaso de whisky y fumando su cigarrillo. Cada semana lo he visto y lejos de preocuparme por su persona, mi curiosidad ha sido efímera y recreativa: he imaginado su vida, su porvenir y su procedencia. Su vestuario refiere algún trabajo de oficina, pero su figura decadente denota indigencia, el hombre parece haber perdido el trabajo y estar haciendo tiempo, ahogando en alcohol la angustia de tener que contarle la mala noticia a su familia. Lo extraño era que cada vez que lo veía (y esto era seguido) se encontraba en la misma situación. Incluso llegué a pensar que lo despedían cada semana y que él hacía tiempo cada vez; teoría que deseché por el temor que me causó la idea de la posibilidad de que un hombre se encontrase encerrado en una especie de carrusel del destino, sentado sobre un caballo o un autito, dando vueltas indefinidamente sin poder detener la marcha de sus despidos. Lo que quedaba entonces, era pensar que este individuo se encontraba estancado en el instante en que decidió retener la mala noticia de su despido hundiéndose en la bebida, y que hasta pudieran ser ya desde hacía muchos años que el hombre se sentaba allí, en esa escalera mugrienta casi abandonada, a sopesar su vida (que se habría transformado en un instante) con su vaso de whisky lleno de cerveza. Todo este ir y venir fantasioso duraba sólo unos instantes luego de que, yendo a mi entrenamiento, me lo cruzaba. Después de una cuadra, girar a la derecha y dos cuadras más, empezaría mi entrenamiento y el conglomerado de mis ideas se concentraría en la bolsa de arena o el rostro de mi contrincante, y ya toda pista referente al personaje en las escaleras se esfumaría.
Más de una vez asocié la escalera con su figura. Camino al club, como cada lunes, martes o jueves, me pregunté ante su ausencia ¿dónde estaría? También quise ubicarlo, acomodarlo en mi rutina, en mi lista de repeticiones superficiales, para así no pensar tanto en él. Pero no pude, no supe, a causa de esta flexibilidad semanal, qué día era ese en el cual yo compartía con este extraño personaje, por unos segundos, tiempo y espacio. Pasaron meses y el hombre seguía entrometiéndose en mi rutina y yo sin poder camuflarlo de repetición. Su astucia (si hubiera sido adrede) era de no creer. ¿Se sentaría allí en forma aleatoria también? Aveces los lunes, aveces los martes y aveces los jueves (y aveces, tal vez, ¿algún otro día de la semana?). Llegué a creer que era su forma de no caer en el alcoholismo: sin dejar el habito, impedir que la ingesta de alcohol se transformase en una rutina, que se alise junto a lo demás y que deje de ser algo peculiar y así, fácilmente detectable en todo momento para su eventual control. Una necesidad se inmiscuía en mis pensamientos: tenía que hablarle. Tenía que conocerlo y saber más sobre él. Esto me significaría dos ventajas: podría dejar de elucubrar estúpidas historias y además tendría material para escribir un buen relato. Pero en realidad eso no era importante, se trataba sólo de un divague mío. Tuvieron que pasar varios meses hasta que una determinada suma de casualidades (acompañadas de la inevitable causalidad de mi recorrido) convergieran en un par de segundos y yo, sumido en mi automatismo, fuese llamado a participar en una ineludible variación de la rutina. 
Fue una de tantas vueltas del club a casa. Esa noche caía una lluvia fría, no torrencial pero continua. Al llegar a las escaleras, lo vi. Como tantas otras veces, allí abajo, sobre los primeros tres escalones, estaba sentado sobre su maletín y con su baso de whisky cargado de cerveza a un lado. Esta vez lo vi más que otras veces, es decir, lo noté de una forma particular. Llovía y pese a que llevaba puesta una campera para el viento, su ropa estaba empapada. Al pasar a su lado vi como de la corta visera con la que la campera contaba, caía un fino desagote de agua sobre sus pantalones. Sostenía entre los dedos de su mano derecha, acodada sobre su rodilla, un cigarrillo apagado, húmedo y doblado. Me iba acercando al punto de la escalera en el cual me encontraría lo más cerca posible a su persona, para luego comenzar a alejarme nuevamente,  bajando los último escalones con la misma velocidad con la que había bajado los primeros. Creí haberme preocupado por un instante por él, es decir, no sólo por el personaje sino también por la persona. Esta vez su imagen era más que decadente, era entristecedora. „Es cierto“ me dije „la lluvia tiñe todo de melancolía“ y esto podría estar generando en mí un falso sentimiento de solidaridad, pero si existía un momento para ver de qué o quién se trataba este individuo, este era el momento. Tenderle una mano o sencillamente disculparme y presentarme serían excusas suficientes. Llegué al escalón donde tomaría la decisión y mi marcha no se detuvo en lo más mínimo, continúe desandando niveles sin siquiera pensar en el hombre allí sentado. Ese razonamiento efímero que hacía algo menos de un instante aturdía mi andar, se había esfumado sin más. Terminé de bajar la escalera y me detuve para esperar que una auto pase antes de cruzar la calle. Esos segundo alcanzaron para que el ancia de repetición para la cual que yo parecía estar rogando, quedara obsoleta, y la realidad, la cambiante realidad, me diera la pauta de que algo había cambiado. Escuché a mis espaldas dos palabras que parecieron una, apretadas en una pregunta. En un cerrado alemán y luego en un desmejorado inglés: Feuer/fire? Me di vuelta y lo vi nuevamente. Me miraba con una inocencia torturante. Y aunque oculté mi sorpresa, no pude evitar preguntar: wie bitte?(¿cómo?). A lo que el hombre contestó con la misma doble-palabra pero esta segunda vez acompañando con un gesto, levantando levemente el cigarrillo en su mano derecha: Feuer/fire? Entonces entendí que me estaba pidiendo fuego para encender su inencendible cigarrillo húmedo. Rápidamente ensayé un falso gesto de disculpas y le respondí que no tenía fuego. Él asintió y escondió su frente nuevamente entre sus piernas. Volví a darle la espalda. Dudé un segundo. Ya no venían autos por los lados. Crucé la calle y una vez del otro lado ya me encontraba nuevamente a salvo, en mi rutinario y flexible camino. Ese segundo de duda tuvo sus débiles replicas durante los siguientes 200 metros, pero una vez llegado al puente, la noche ya se había llenado de repeticiones y repeticiones y repeticiones que calmaron y sedaron mi conciencia. En retrospectiva pienso que, pese a su triste figura acentuada por la lluvia y su inusual forma de hablar, ese hombre siguió sin significar en mí algo sustancial, algo de una importancia suficiente para detenerme y brindar mi ayuda, sea, cuanto menos, habiéndome interesado mínimamente por su persona.
Es discutible. Tal vez el hombre no requiriese de ayuda, tal vez ofrecerle mi ayuda hubiera significado sólo un acto reflejo por verlo allí empapado con su triste cigarro. Puede que él sólo haya querido estar solo y que nadie lo molestase. Puede que haya encontrado un sitio donde  hurgar en lo más profundo de sus pensamientos. Es discutible si el ofrecer ayuda en todo caso es o no realmente un acto de bien. Pero lo que no me resulta discutible (aunque discutiría al respecto sin dudarlo) es la acción de reconocer al otro, el interés por el otro, cargar de existencia al cuerpo húmedo que se repara a si mismo de la lluvia. La desidia y el desinterés son armas letales. Son de los peores males del ser humano, y si bien puedo no ser yo quien dé a esta persona la solución a sus problemas (si los tuviera), sí está en mí el reconocimiento para con el otro. Sin YO no hay OTRO, en tanto el OTRO me necesita para estar allí y en ese su instante.
Evidentemente este momento que sinceramente me incomodó, un poco por mi dificultad para relacionarme con desconocidos y otro poco por la alarma de egoísmo que en mi se encendió; produjo un profundo cambio en mi recurrente y flexible rutina. A partir de esa fugaz situación, la escalera en mi camino rutinario se transformó en un espacio de expectativa. Sea saliendo de la inmensa playa de estacionamiento que la precedía, o tomando la curva antes de descender en el camino de vuelta. Mi estado consciente tomaba total posesión de mis sentidos, de mi aquí y ahora, y en mi nacía la esperanza y la amenaza de encontrarme con el hombre que fumaba y bebía sentado en los primeros escalones de la desolada escalera. Aveces esta extraña sensación me divertía, hacía del monótono trayecto un juego de azar que podría significar otro extraño intercambio de palabras, y aveces me molestaba, me incomodaba muchísimo pensar que este hombre había elegido un lugar tan poco ameno para sentarse a deprimirse o meditar y que gracias a su atípico gusto por los espacios fríos, húmedos y nauseabundos, mi rutina, mi preciada sensación de repetición se veía asaltada y destruida; y yo no podía hacer nada al respecto porque que él ya se había dirigido a mi, y nuestros universos ya no eran paralelos sino que se había cruzado en una inevitable coincidencia.
He preguntado a varios lugareños si conocían sobre la existencia de este personaje, pero nadie lo conoce. Nadie que yo conozca se lo ha cruzado en forma consciente y mucho menos han hablado con él. Hace unos días, volviendo del club, ya habiendo cruzado la calle luego de bajar las escaleras, me di cuenta de que casi a la mitad del puente, sentado sobre su maletín, acuclillado y con la cabeza gacha, con su falso vaso de whisky a un costado, se encontraba este personaje (como esperándome). El desalmado volvió a llamar poderosamente mi atención. Ya no se encontraba sentado en las escaleras sino a la mitad del puente. Una técnica formidable en la utilización de los detalles por parte del hombre. Claramente él no me estaba esperando, pero entendí que yo sí lo esperaba a él. No lo había visto en toda la semana y ya sólo quedaba un día, el jueves. Lo hallé sentado y deshecho, y como de costumbre, tal como la rutina manda, pasé a su lado pretendiendo ignorarlo. 
La última vez que nos encontramos tuve en claro que tanto como mi vida diaria había sido víctima de este personaje, su vida diaria también había sucumbido ante mis intromisiones. Paseaba yo acompañado de mi hijo cuando al cruzar una playa de estacionamiento, vimos cerca de unos arbustos un cuerpo desplomado. Un hombre derribado boca abajo sobre su brazo derecho. No parecía estar descansando. Yacía bajo el sol ardiente del mediodía sobre el asfalto del estacionamiento, postrado como quien se desvanece inesperadamente y cae sin tiempo de preparar su caída o su aterrizaje. Supuse lo peor, y sin demostrar frente a mi hijo extrema alarma, tomé mi teléfono y llamé a emergencias. La voz que atendió mi caso me aseguró rápidamente que una ambulancia se encontraba en camino, y me pidió que me cerciorará de que la persona allí tendida todavía respiraba. Atendiendo a sus instrucciones me acerqué lo suficiente para ver el perfil de su rostro que besaba el asfalto. Bajo su cavidad nasal a la vista se veía un hilo de sangre seca. Aparté el cochecito en el cual mi hijo aguardaba, y todavía en comunicación con emergencias, me acerqué aun más al cuerpo, apoye mi mano sobre su hombro trajeado y entre los nervios de la expectativa sólo se me ocurrió hablar. Pregunté con entonación firme y clara en alemán: Lebst du noch? (¿estás vivo?). Un fuerte sentimiento de vergüenza me atrapó justo después de elaborar mi torpe pregunta, pero mientras me hundía en idiotez, el cuerpo se movió, su cabeza se giró hacia mi y dejó ver una cara familiar, que pese a su desmejorada condición, maquillada con sangre seca y partículas relucientes de asfalto, se apiadó de mi preocupado espíritu y sonriente, con una inesperada tranquilidad y aplomo, el hombre que cada lunes, martes o jueves fumaba sentado en la escalera asintió dándome a entender un „sí, aun estoy vivo“.
Cuando los paramédicos llegaron, el hombre todavía me miraba sonriente, una extraña fuerza invisible no había atado por nuestras miradas. Yo, con una mano sobre la manija del cochecito y utilizando la otra como referencia de apoyo, miraba entre preocupado y asombrado al hombre que con su presencia daba por tierra todas mis inservibles especulaciones. Me apartaron cual mugre en la escena del accidente, levantaron al hombre y comenzaron a hacerle preguntas de protocolo que nunca escuché. Cuando me fui el hombre estaba sentado al borde de la parte trasera de la ambulancia, ambos paramédicos continuaban con el protocolo de salud, y el hombre contestaba de memoria, como quien ha estudiado cada respuesta, y a lo lejos me miraba, sonreía y me veía irme con mi hijo, por entre los transeúntes, las calles y los autos, me miraba y sonreía mientras los paramédicos le tomaban la presión.

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Quién soy? ¿De qué juego?

La identidad y el futbol 5



Mudarse a otro país significa, entre otras cosas, mudar de piel. Es decir, quienes lo conocen a uno en la nueva nación, no verán a quien dejó atrás su hogar, sino un hombre con una resplandeciente piel nueva. Si partiéramos de la base de que, en una primera instancia, somos para los demás tan sólo espejos en los cuales los prejuicios de los otros se reflejan, entonces todo lo que se encuentra detrás de este espejo es, en principio, tema pura y exclusivamente nuestro. Nosotros no podemos decidir a temprana edad quiénes somos ya que todavía no hemos sido alguien, y luego, cuando nuestro entorno conoce cada ápice de nuestras histerias, virtudes y miserias, se dificulta (si fuera necesario) armarse nuevamente detrás del espejo que, en este segundo caso, ya no es tal, sino sólo una superficie traslúcida sobre la cual nuestro ser se ha conformado.
Mudarse a otro país significa también mudarse de gente. El entorno social y los allegados son otros, y uno corre con la gran ventaja de poder lijar asperezas de la propia personalidad detrás de la nueva piel. No nos perfeccionamos, sino que somos más consientes de nosotros mismos. Este raro fenómeno varía de acuerdo al entorno en el que uno se mueve, nosotros pasamos a ser quienes queramos, dependiendo de con quiénes estemos, es decir, dejamos de ser un ser social para transformarnos en un seres sociales.
Acercándose el fin de semana, a mi teléfono celular comienzan a llegar mensajes de 3 grupos de contactos, que empiezan a organizar el fulbito del finde. El primero de los grupos es el de estudiantes de la universidad de música, que comienza a funcionar con una iniciativa simple: alguien escribe un número 1 y con el pasar de los minutos otros números comienzan a aparecer (2, 3, 4…). Así sucesivamente hasta que el número sea significativo y permita armar un típico picadito. Este grupo lo conformamos principalmente estudiantes de música (hombres y mujeres) de tantísimas nacionalidades, de diversas partes del mundo. El promedio de edad es de entre 19 y 28 y las prioridades de la mayoría de los/as jugadores/as se reducen al estudio. Suelen jugarse partidos relajados, sin faltas, sin chicanas, sin mucho grito; y sólo aveces los juegos se extienden infinitamente porque el hambre de gloria se apodera de las jóvenes e inestables almas artísticas. El segundo grupo suele activarse casi al final del fin de semana, ya que en realidad sus tertulias deportivas tienen lugar los lunes en la noche. Este grupo lo conformamos mayormente padres de familia (en su mayoría profesionales). En este grupo hay sólo hombres, mayormente de nacionalidad alemana (con algunas excepciones: por ejemplo yo). Si algo caracteriza a estos partidos es la baja demanda deportiva. Por supuesto que sólo por el hecho del inexorable dinamismo del grupo de futbol 5, en el que no se suelen repetir los equipos, cada partido puede guardar alguna sorpresa. Pero lo cierto es que el „buen comportamiento“ y el juego comedido son los pilares de este segundo grupo: hasta hay quien lleva las estadísticas de los juegos. El tercer y último grupo juega siempre los sábados. Este grupo es el que más llama mi atención. En este grupo la excepción es un joven alemán, ya que todos los demás provenimos del extranjero: Iran, Turquía, Argentina, Siria, etc… En estas canchas el griterío es constante, el juego suele detenerse por faltas fuertes, o caídas exageradas o simplemente fallos arbitrales polémicos (aunque no haya árbitro). Este grupo se rige por las más fuertes normas del respeto. Los insultos, los topetazos y las rabietas surgen cada segunda jugada, pero el respeto es inquebrantable. Sólo cuando estas normas tácitas se rompen, es que el juego comienza a terminarse. Un ejemplo de esto sería el siguiente: no es de esperarse que en este grupo un jugador del equipo que lleva una amplia ventaja en el marcador, ensaye un túnel por entre las piernas de un contrario, pretendiendo dejarlo en ridículo. Esto genera problemas con los contrarios y con los compañeros de equipo. Este tercer grupo lo conformamos personas de entre 25 y 35 años, estudiantes, profesionales, trabajadores de oficio, y quienes se la rebuscan. 
Formo parte de los tres grupos, que juegan un mismo deporte pero bajo diferentes reglas socioculturales. Los valores varían de cancha en cancha y quienes se miran en mi espejo también. Por eso me pregunto, ¿soy yo las tres veces el mismo? ¿O soy quiénes en mi se reflejan, dependiendo del partido? Lo cierto es que en los tres grupos suelo jugar de los mismo, y no me refiero a una posición en el campo (en futbol 5 esto es bastante relativo) sino a mi forma de jugar. Si tuviera que ser sincero en este falso ensayo, tendría que develar para quienes me conocen en Argentina un par de mentiras y para quienes me han conocido en Alemania reafirmar ciertas verdades: buscar el hueco, asociarme, ordenar, tocar rápido y simple, enfriar cuando hay que enfriar y acelerar cuando hay que acelerar, son premisas que comencé a practicar en Alemania. Todas ellas me son ajenas en las canchas argentinas, ya que nunca me caractericé por ser un jugador „táctico“ sino más bien fuerte o físico. No hablo de jugar bien o mal, sino sencillamente de jugar.
Esta es una de las tantas mutaciones que he sufrido durante la vida en el extranjero. Por supuesto que la paternidad abrió en mí las puertas (los portones) de la madurez y todos sus pliegues, y esta se refleja hasta en mi forma de juego (que mucho dista de ser „vistosa“). ¿Qué otras cosas seré y no seré aquí en la lejanía? ¿En qué otros aspectos habré cambiado? ¿De qué juego yo? Algunas cuestiones sí parecieran estar más o menos claras: soy los tres grupos, soy sábado de gritos y respeto, domingo despreocupado de todo el hoy y soy lunes de estadísticas. Aparentemente me he convertido en un salón espejado, de entrada gratuita y para todo público, con horario corrido de atención. Imagino un cartel en la entrada: „Venga y mírese con atención, deme de ser“.

domingo, 6 de marzo de 2016

La música clásica y una extraña forma de uso




Ya hace tiempo lo sufría Primo Levi en carne propia en los campos de concentración nazi y hoy en día, salvando las diferencias, pero en una siniestra coincidencia, la exclusión social alemana tiene como principal arma a los grandes compositores de la música clásica.

Algo extraño sucede en las estaciones centrales de trenes y subtes de algunas ciudades alemanas. En el paisaje sonoro propio de los andenes y las marejadas de personas, se entromete un sonido que poco tiene que ver con el contexto. A volúmenes casi inaudibles suena sin descanso, 24 horas ininterrumpidas, la música de Mozart, Brahms y Bach (entre otros). Este fenómeno no deja de llamar la atención, ya que gran parte de las personas que se encuentran en las terminales de trenes están de paso y desconcentradas. Esto descarta la posibilidad de que esta música tenga por función amenizar los corredores y los ventosos accesos de la estación. Algún espíritu romántico podría aventurar que esta música clásica (según su definición comercial) se trate del rumor que el viento alemán acuna, una brisa centenaria que lleva consigo el sonido de una tradición.
La realidad es que cuando el sol se esconde y esta mayoría en tránsito se aleja, las estaciones no quedan vacías. Los seres que Alemania ha invisibilidad comienzan a acomodarse lentamente en lúgubres rincones al reparo del viento y el frío. Estáticos, con otros tiempos y otras necesidades, los alcohólicos y drogadictos se amontonan en las estaciones centrales de tren y subte y pasan gran parte del día debatiéndose naderías o generando alguna pelea que los traiga de nuevo a la realidad. Esta es su forma de sociabilizar y sobrellevar su situación de soledad y/o de calle. No es la fuerza de cohesión en los vicios, ni el apego identitario lo que los mantiene unidos, sino la presión de la exclusión social: la fuerza de una sociedad que ha elaborado perversas técnicas para deshacerse de estos individuos. Quienes padecen fuertes adicciones no son tenidos en cuenta para formar parte activa de la sociedad, sino que se los oculta mediante miserables sumas de dinero („seguros de desempleo“) y artificios morales: ellos son el mal ejemplo. Algunos creen que la música que acompaña en las estaciones tiene como función alejar a los „malos ejemplos“ de estos espacios públicos. A esta teoría la apoya el hecho de que antes de que esta música comenzara a sonar, los excluidos ya se encontraban ahí, y en algún momento, hace ya algunos años, pequeños altoparlantes fueron prolijamente instalados sobre los espacios preferidos por estos grupos de invisibles. La música comenzó a sonar día y noche y nadie pareciera haberse preguntado el por qué, e incluso hasta el día de hoy para muchos alemanes no son claras las razones por las cuales los parlantes fueron instalados. De tanto en tanto algún artículo perdido en un periódico sensacionalista revuelve en la problemática, planteando la posibilidad de que esta música se trate de una forma de agresión subliminal para con los adictos reunidos en espacios públicos.
La utilización de la música como forma de agresión no es algo nuevo en estas tierras. Cabe recordar los registros del escritor italiano Primo Levi, quien relata la tortura que para él significaban las orquestas wagnerianas sonando por los altoparlantes acompañando las marchas en los campos de concentración. En un plano poético pero no menos real, aporta el escritor francés Jacques Quignar en su libro „La violencia de la música“, recordándonos que las orejas no tienen párpados, por lo tanto no podemos cerrarlas para evitar „ver“ el sonido. Sobre la violencia y la música, expresa el ensayista argentino Esteban Buch en su texto „Música y violencia“, la idea de que la música puede significar una agresión psico-acústica en dos instancias: primero como un golpe al oído (literalmente, dependiendo de los decibeles y volumen de la emisión sonora), y luego como una asociación a esta agresión recibida (miedo o una respuesta casi instintiva a buscar resguardo). En esta última forma de violencia es en la que podría basarse la tortura a los excluidos alemanes. Algunas versiones hablan de que ciertos registros melódicos, usuales en los conciertos para violín, generan un daño psicoacústico en los cerebros de los adictos. Otros dicen que el constante „bombardeo clásico“ generaría en los drogadictos una asociación al hogar y un posterior sentimiento de melancolía que les impediría sentirse con ánimos de discutir y los harían dispersarse. Más allá de las teorías y las opiniones, no es casualidad que los lugares en los cuales esta música suena sean espacios públicos, ya que es allí donde los adictos suelen reunirse y de donde nadie puede echarlos. La misma música clásica que supo en tiempos del nazismo desarmar almas encerradas en campos de concentración, pretende hoy esconder o invisibilizar a quienes no pueden formar parte del „debido“ funcionamiento de esta sociedad alemana.

Hace ya un tiempo esta forma de música ha empezado a sonar también en otras partes de la ciudad: entradas de centros comerciales y puertas de instituciones bancarias. Cuando recorriendo la ciudad uno se detiene desatento a pensar hacia donde girar, puede que si la pausa fuera los suficientemente larga, comiese uno a escuchar un susurro musical, un rumor de orquesta que crece y decrece suavemente. No resultará molesto sino curioso y hasta ameno, pero seguramente podrá uno notar también, al mirar al rededor suyo que, sentados en los bancos públicos, en el piso o parados, charlando o discutiendo, se encuentran los excluidos, aquellos que pretenden dejar en ridículo al estilo de vida alemán. El hecho de que esta música se esté propagando en las urbes se debe a dos cosas: que la limpieza ha comenzado a realizarse en otros espacios públicos y que cada vez hay más grupos de adictos excluidos. Los cierto es que contra todo pronóstico y pese a tal tortura, los invisibilizados resisten y sus micro-sociedades excluidas siguen funcionando, brindándoles el amparo humano necesario para sobrevivir cuerdos y arruinados.

sábado, 6 de febrero de 2016

Sonidos y distancias


Felisberto Hernández: escritor y (antes) compositor.

„Después apagaba la luz y seguía despierto hasta que oía entrar por la ventana ruidos de huesos serruchos, partidos con el hacha, y la tos del carnicero“ („El acomodador“ - Felisberto Hernández). Así describe el sonido que precede al sueño de su personaje El Acomodador, el escritor uruguayo Felisberto Hernández. Un sonido que entra por la ventana al mejor estilo Cage y que funciona como arrullo para conseguir finalmente desconectar los pensamientos y dormir. Toda la atención del Acomodador se concentra en las complejas sonoridad del afuera y sus volúmenes intermitentes. La principal cualidad de los sonidos que el carnicero produce al prepara la res, es la distancia, es decir que estos sonidos no se encuentren del todo cerca, y esta lejanía dota al sonido mismo de incertidumbre y produce en el oyente un estado de percepción diferente al del habitual. Este estado se encuentra en los límites de la conciencia. Para escuchar cada ápice del ruido alejado, la percepción debe agudizarse y para ello es necesario limpiar el oído de otras señales que perturben.
„Las Hortensias“ es uno de los pocos (sino el único) cuentos que Felisberto Hernández ha escrito en tercera persona. Esto podría significar que, pese a la divergencia del personaje personaje y el escritor, tal vez haya más de Felisberto en el coleccionista de muñecas que en tantos otros cuentos en los que el mismo escritor es la figura principal, que a su vez relata. La diferencia radica en que, mientras en los cuentos relatados en primera persona los sucesos pertenecen a un plano externo de su ser: sean ocurrencias, anécdotas o historias que le contaron; en „Las Hortensias“ el escritor nos lleva a uno de los rincones más oscuros en su interior. Allí donde las contradicciones profanas afloran. En este mismo relato nos encontramos con una de las texturas sonoras más complejas que Felisberto ha descrito. Una intrincada mezcla de convenciones y distancias. Las obras interpretadas al piano durante los paseos nocturnos del coleccionista se mezclan con los sonidos lejanos de las máquinas del vecino. Esas máquinas sobre las cuales nada sabemos, pero parecieran funcionar día y noche, y que este hombre ha escuchado desde niño, desde que tiene memoria. La relevancia de estos sonidos se refleja en el mismísimo comienzo del relato. En las primeras líneas se lee: „Al lado de un jardín había una fábrica y los ruidos de las máquinas se metían entre las plantas y los árboles“.

Esta textura sonora se compone de varios planos. En un primer plano está la convención. Según el hombre alto de la casa negra, el sonar ideal del piano es cuando este se entrelaza con el constante sonar de las máquinas de atrás del jardín. Un sonido musical convencional como es el piano, acompañado de una fuente poco convencional como son las máquinas. Una segunda instancia es la distancia. Este aspecto se divide en dos: la distancia espacial y la distancia temporal. Las máquinas suenan musicales porque se encuentran lejos. Como ya dijimos, la lejanía juega un rol fundamental en la musicalidad de los sonidos. Eso que significa ruido, se transforma en música a la distancia, a diferencia de la cercanía que el piano requiere, para continuar siendo un piano y no un murmullo sonoro. Por otra parte, estos sonidos mantienen también distancias en los recuerdos del personaje. El piano en un plano actual, sonando en el momento; y las máquinas en un plano pretérito, desde sus recuerdos. En este paisaje sonoro confluyen: tiempo (presente y recuerdos), espacio (distancia) y convenciones (resignificación sonora). Pero hay un tercer factor en la música de Felisberto Hernández, y es el de la incertidumbre. Dentro del entramado sonoro que se nos describe, diferenciamos una tercera fuente. Esta fuente sonora es poco clara y se encuentra oculta detrás de los sonidos del piano y las máquinas. Son sonidos intrusos, no musicales, los cuales al prestarles especial atención desaparecen. Estas irrupciones son para el escritor uruguayo una paradoja. Forman parte vital del entramado sonoro que acompaña su relato, pero no deberían estar allí. Se trata de la irremediable realidad y sus problemas. Estos sonidos que Felisberto (el Felisberto interior) no puede aislar, son los que alimentan sus contradicciones y mezclan sus sentimientos. Son los sonidos del devenir de una historia: rechinares de puertas, voces que susurran y articulaciones defectuosas. Aveces son reales y otras sólo producto del deseo de encontrar, detrás de ese paisaje sonoro, un jardín, una verdad que nunca será revelada: las máquinas y sus hermosas melodías.

sábado, 12 de septiembre de 2015

The Real New Complexity


Impresiones de la 6° bienal de música contemporánea electroacústica „Next Generation“ en Karlsruhe, Alemania. Cómo la tecnología puede opacar el proceso compositivo.

El primer problema es pretender definir un mar de diversidad. El segundo problema es pretender definir un segundo mar de diversidad y pretender luego analizar la injerencia del segundo sobre el primero en la escena musical contemporánea. Planteado este dilema, este texto tendrá la difícil tarea de referirse a dos cuestiones: la composición musical y la tecnología aplicada a la música, sin llamarlos por sus „nombres de pila“, que no son más que motores de vaguedad y ambigüedad que pretenden estrechar el espectro de análisis.
Esta problemática es seguramente el gusano en la manzana, lo que poco a poco va pudriendo la fruta y devorándola en su interior. Puede suceder, que cuando la composición utiliza como herramienta fundamental las nuevas tecnologías, corra con el riesgo de que la herramienta tecnológica pese más que el proceso compositivo en si, o incluso que la misma música. El problema radica en que cuando uno se encuentra frente a tales obras, los procesos compotitivos relucen en la superficie y dejan en evidencia la poca profundidad de la obra en cuestión.
Del 22 al 28 de Junio, tuvo lugar en la ciudad alemana de Karlsruhe la 6° bienal de música contemporánea electroacústica „Next Generation“, que constó de disertaciones de diversos temas en relación a la aplicación de la tecnología en la música, instalaciones sonoras y una serie de conciertos. Los laboratorios electroacústicos de las escuelas superiores de música de Alemania (y una de Zurich, Suiza, como invitada) participaron de esta bienal. Cada escuela tuvo su concierto en los cuales los estudiantes de composición de dichas instituciones presentaron sus obras. Presenciar todos los conciertos no debería haber generado, necesariamente, hartazgo sonoro alguno, pero, contrariamente a esta suposición, los conciertos de la „Next generation 6.0“ mostraron una marcada tendencia hacia una crudeza compositiva que dejaba en evidencia el sonido tecnológico de las piezas, ese chapoteo en las orillas de la música. Cuando hablamos de tendencia, dejamos en claro que no todas las piezas sucumbieron a este fenómeno. Las piezas exentas pertenecían claramente a otra búsqueda artística, siempre partiendo de alguna aplicación tecnológica (video, controladores remotos, sensores de movimiento, sensores de actividad cerebral, sets MIDI, parches MAX, síntesis granular, etc…) pero con un contenido extra, sea la escena, la utilización de la espacialidad, la narrativa o algún tipo de aspecto performático. Es decir que la tecnología no era más que tecnología, y no la totalidad de la obra.
La pérdida de expectativa es el principal síntoma que precede al escepticismo. Cuando el porvenir se deshace en sonidos recurrentes y la tendencia anuncia cómo es que la próxima obra sonará, entonces puede que nos encontremos frente al abuso de la programación y, peor aún, la falacia de la reducción de intencionalidad y responsabilidad del compositor. La falsa premisa es no entender al programa, a la programación, al togel y al random, como instrumentos musicales. El resultado es claro y conciso: suena a tecnología, a computadoras con manzanitas iluminadas en sus tapas. Tal vez, una de las razones de esta sobredosis tecnológica sea la abundancia de recursos financieros con la que estos laboratorios de música electroacústica (y en consecuencia los estudiantes) cuentan. Estos apéndices institucionales suelen recibir un presupuesto propio con el que cada año renuevan y completan su arsenal. Esta abundancia de recursos es la que genera escasez de problemas, ya que el tenerlo „todo“ puede enturbiar la realidad. Si bien contar con tantos recursos puede significar una ventaja, la problemática (uno de los motores creativos del arte) puede ser mucho más difícil de detectar, y por lo tanto tratar.
Uno de los pasos en la composición electroacústica es la solución práctica del aspecto técnico, que va desde la conformación de un parche MAX hasta la elección de plug o canon para el cableado. En medio de estos requerimientos se encuentra el contenido netamente musical, que puede verse afectado y/o influenciado en esta instancia en la que lo que uno pretende delibera con lo que uno puede. El constante enfrentamiento de estas dos fuerzas es el motor del avance tecnológico (el imparable avance tecnológico) en el campo artístico musical, que brinda al compositor tantas posibilidades como problemas. Cada nueva posibilidad para ejecutar tal o cual cosa en tal o cual espacio, conlleva tantas otras tales y cuales dificultades. La música contemporánea electroacústica parece dirigirse hacia una suerte de Post New Complexity como una síntesis de estas dos potencias del querer y el poder del compositor electroacústico, tanto en el proceso de composición como en la eventual contingencia de la presentación. 

En realidad, para ser más específicos, deberíamos llamarla Real New Complexity, (Nueva complejidad real) porque no surge como una búsqueda de la complejidad, sino que deviene de la búsqueda de nuevas soluciones prácticas, es decir, la solución al problema real y concreto. Partiendo siempre desde este ínfimo punto en el universo que la bienal „Next generation“ significa, se puede notar, como espectador y como participante, que los irremediables desperfectos técnicos que cada compositor sufre en las pruebas generales son la verdadera complejidad. Para que las obras funcionen, para que estas suenen, el compositor/intérprete debe sortear una serie de pormenores no ajenos a la composición en si de la obra. En esta „nueva generación“ musical, en el mejor de los casos, la complejidad no brillará como el personaje principal que alguna vez se pretendió que sea, sino que quedará supeditada al contenido real de la obra y su factibilidad, y será sólo la sombra de la música y no su obvio fundamento; ya que, en definitiva, compleja es la realidad y complejas son las personas.

domingo, 2 de agosto de 2015

Un día, una mariposa


Breve relato sobre un extraño suceso.

De las cosas más llamativas que me han sucedido, prefiero una en particular que tuvo lugar hace poco, una tarde cualquiera de un mes que no recuerdo. De cualquier manera el clima era caluroso y pesado, húmedo, soleado y sin una gota de viento, algo insoportable. Parecía garuar todo el tiempo, había sido un día de esos en los que aún bajo techo se siente como una fina capa lluviosa lo empapa a uno irremediablemente. Esa tarde nada particular, se posó sobre mi pulgar derecho una mariposa, y allí se quedó por horas lamiendo mi piel. Parecía estar desesperada por sustraer de mi algún tipo de líquido o grasitud, porque recorrió todo el pulgar, de as a envés, saboreando cada poro con su rosada lengua retráctil.
Desde un principio la escena me sugirió algo poco común. Es decir, que una mariposa se pose sobre uno no tiene nada de raro (es sabido que son insectos confianzudos), pero la duración de su visita no era normal. Decir que estuvo horas chupando mi pulgar es poco, ya que recorrió mi dedo desde el mediodía (momento en que comenzó su acto) hasta que el sol se ocultó. Una mariposa es un insecto que no sólo pareciera ser frágil, sino que, en efecto, sus alas son finísimas y están recubiertas de un polvillo que las mantiene secas y livianas. Si la mariposa pierde este polvillo, pierde su liviandad, su ligereza y no puede volar más y muere de hambre o sed, o  de aburrimiento. Debido a esta condición de gran fragilidad que las mariposas presentan, sentí el deber y la necesidad de protegerla durante el tiempo que ella estuvo sobre mi piel. La constante garúa que ante el sopor veraniego tanto placer para los humanos significaba, era un constante peligro para el colorido insecto, por lo que varias veces tuve que realizar ágiles maniobras para evitar que las polvorientas alas se humedezcan.
En realidad la anécdota no tiene un final feliz. Al cabo de esa tarde la mariposa murió. En determinado momento dejó de moverse y su lengua carmesí se enrolló lentamente al tiempo que el rigor de la muerte plegaba también sus patas, y sus alas se hicieron una cerrándose hacia el medio. La mariposa había llegado ya hasta la palma de mi mano y allí, habiendo encontrado la  comodidad necesaria, su alma la abandonó sin más. Su cuerpo se contrajo tanto que podría haber vuelto a caber en el capullo que la vio nacer y se desplomó de lado, y pude ver como ese polvillo imprescindible era arrastrado y esparcido por ahí, por la primera brisa nocturna.
Dependiendo de su tamaño y especie, las mariposas pueden vivir hasta un año, pero la gran mayoría sólo unos días, una semana, un mes o tan sólo 24 horas. Cualquiera sea el caso, medio día significa para estos insectos una importante porción de sus vidas (sino la mitad). Esta mariposa, que encontró su final en la palma de mi mano derecha, requirió de gran parte de su vida para encontrar el lugar exacto donde fallecer. Preparó y limpió su lecho de muerte durante horas y una vez todo alistado, se dejó llevar. Algo similar sucede con las personas, que, en definitiva, preparan durante gran parte de su vida un digno final. La gran diferencia radica en que el ser humano pretende desentenderse de ese profundo instinto que lo lleva a la muerte, creyendo que el armado del lecho no es más que la búsqueda de una buena vida, cuando en realidad lo que se busca, muy en lo profundo del ser, es una buena muerte.

lunes, 13 de julio de 2015

Los pueblos y sus cumbres


Breve análisis de lo que la CELAC-UE y la Cumbre de los Pueblos dejaron: un limitado reconocimiento de los jefes de estados latinoamericanos y la dificultosa „acreditación“ del  
panorama global informativo.


  Hace unos días, en Bruselas, Bélgica, los pueblos de América Latina, del Caribe y de Europa, se reunieron en el marco de la „Cumbre de los Pueblos“, con más de 1500 delegados/as representando a 346 organizaciones y movimientos sociales, provenientes de 43 países (tanto de Latinoamérica, como de Europa y Africa). Desde las 7 mesas de trabajo llevadas a cabo los días 10 y 11 de junio, en la cual representantes de los distintos movimientos sociales y organizaciones participaron, se confeccionó una declaración final que fue elevada a los jefes de estado presentes en la Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe, y la Union Europea (CELAC-UE, con las interesantes ausencias de EEUU y Canadá).
  No está demás repasar los puntos que este documento remarca: 1- el apoyo a la integración regional de América Latina y oposición a la intervención imperialista. 2- compromiso para actuar sobre el cambio climático para proteger el medio ambiente. 3- el apoyo a una sociedad igualitaria y oposición al neoliberalismo. 4- apoyo por los derechos humanos de los palestinos. 5- no al expansionismo de la OTAN. 6- oposición al racismo y la xenofobia. 7- apoyo por la transformación en el control de los medios de comunicación. Este último punto es uno de los principales argumentos para la existencia de una Cumbre de los Pueblos, lo cual queda en evidencia al notar la gran dificultad que los estados y/o comunidades, organizaciones e instituciones latinoamericanas enfrentan a la hora de difundir cualquier tipo de información sobre proyectos, actividades y/o manifestaciones (de cualquier tipo) que estén relacionadas con los puntos anteriormente expuestos. Para referirnos al principal motivo de la Cumbre de los Pueblos, es necesario retomar uno de los aportes que un delegado italiano presentó en la mesa de trabajo número 3, quien se preguntó: de qué tipo de unión estamos hablando? La respuesta a esta pregunta comienza con el claro ejemplo que la singular cobertura mediática de la reunión que mantuvieron la primer ministra alemana Angela Merkel y el presidente griego Alexis Tsipras significó. Los medios sencillamente llenaron sus espacios con especulaciones, sin reconocer el marco en el que la reunión tuvo lugar (CELAC-UE) ni informar sobre el contenido de dicho encuentro: si es que la reunión fue en tono conciliador, en apoyo a la soberanía griega y su independencia económica (puntos 1 y 2 de la declaración final) o si la reunión sólo significó un mero contacto diplomático para recrudecer la presión política haciendo hincapié en la deuda contraída por Grecia.
  Este ejemplo grafica a la perfección los endebles fundamentos de la UE, que fue creada para salvar a países centroeuropeos de una crisis financiera regional, para luego devenir en una pelea de poder (antes invadían, ahora endeudan). En cambio las uniones latinoamericanas tienen un fundamento real, basado en su patrimonio cultural. Es en las diferentes expresiones artísticas donde esto se puede ver claramente. Estas son el registro de una identidad, una identidad que las uniones latinoamericanas buscan fortalecer para luego hacer frente a los corrosivos agentes externos (y sus respectivos apoyos internos de turno) como el neoliberalismo y el neocolonialismo. El fortalecimiento de la identidad en la unión, fue el eje principal de la Cumbre de los Pueblos.
   Sin embargo, y aunque la organización de la Cumbre de los Pueblos a cargo de Venezuela y Cuba estuvo a la altura de las circunstancias, al arte, que es y fue una herramienta fundamental para la formación de identidad de los pueblos originarios, el principal registro de la cultura, y un efectivo medio de comunicación alternativo, no se le dio la importancia que debiera. Mas allá de los muy buenos espectáculos musicales, no se profundizó en el arte como factor fundamental en el fortalecimiento de la identidad. Esta crítica, no obstante, debe entenderse también como una dificultad producto, en parte, del reducido apoyo de varios representantes de las naciones que participaron en la CELAC-UE, pero no reconocieron la importancia de la Cumbre de los Pueblos. En contrapartida, participaron en el último encuentro de la cumbre (demostrando su compromiso y reconocimiento para con la cumbre): el vicepresidente de Honduras Ricardo Álvarez, el vicepresidente Venezolano Jorge Arriaza, el vicepresidente de Cuba Miguel Mario Días y el presidente de Ecuador Rafael Correa. Este último, con la claridad que lo caracteriza, informó en su discurso final a los allí presentes todo lo sucedido en la CELAC-UE, a la cual sólo los medios „acreditados“ pudieron asistir. 
   La pregunta del delegado italiano volvió a resonar en la memoria del público presente cuando el presidente ecuatoriano sintetizó en una frase todo lo anteriormente escrito, analizado y dicho: „Mientras los europeos tendrán que explicar a sus hijos por qué se unieron, nosotros tendremos que explicar a los nuestros por qué nos demoramos tanto“.

(artículo publicado en el Diario El Día, La Plata, Argentina)
Juan Pablo Pettoruti

martes, 14 de abril de 2015

Crónicas de un G7 pop


Desde Lübeck, Alemania, una crónica del absurdo escenario en los días previos a la llegada del Grupo de los 7. Blandas manifestaciones pop y un premio nobel en medio de un nada claro panorama político.

En la pequeña ciudad alemana de Lübeck abril se abría paso con su impredecible clima, tanto es así que el 1 de abril nos sorprendió una fuerte nevada matutina y a partir del 4 una optimista racha de días soleados alegraron la ciudad. No sólo el clima abrileño descolocaba a los nunca acostumbrados habitantes norteños, sino también la enrarecida atmósfera sociopolítica de la zona. El 5 de abril Lübeck amaneció decorada con pequeños cartelitos amarillos pegados en algunas vitrinas y postes de iluminación con la inscripción “wir brauchen kein G7” (nosotros no necesitamos ningún G7). Estas sutiles manifestaciones de repudio al congreso político no llamaban todavía la atención de los ciudadanos (a excepción de un servidor y otros colegas latinoamericanos) ni de los medios de comunicación alemanes. Con el pasar de las semanas, los rumores de inactividad comercial y programación de demostraciones fueron tomando lugar en cada charla de café, pero todavía la magnitud de los hechos no era medible. Mucho tiempo atrás se habían comenzado en la coqueta ciudad norteña las obras para la construcción del nuevo Hanse Museum (Museo Hanseático) y sala de congresos, donde ya se planeaba llevar a cabo el controversial G7.
En la mañana del 12 de abril Lübeck amaneció forrada de policías. Camionetas azules y blancas y otras verdes, de las cuales salían como producidos por un juego de estrategia funcionarios uniformados. Las manadas policiales comenzaron desde temprano a moverse por las principales arterias del tránsito del centro. Tanto los alrededores del nuevo museo como la plaza frente a la municipalidad (locaciones elegidas con suficiente antelación por los manifestantes para expresar su repudio desde el día 13 de abril a partir de las 17hs. Según lo estipulado en el comunicado publicado en el diario) habían sido valladas, lo cual dificultaba el transito peatonal. Ese mismo día pero al anocheser aparentemente, en medio de uno de los mayores despliegues policiacos que seguramente Lübeck haya sufrido, en la puerta de mi domicilio, a 200 escasos metros del hotel donde Los 7 se alojarían, alguien cortó el candado de mi bicicleta y se la robó... Además la tranquila ciudad se colmó de curiosos turistas que como laboriosas hormiguitas rojas fotografiaban cada detalle del decorado: las improvisadas notas pegadas en las puertas de los negocios cerrados, las interminables postales de las camionetas de policías con el fondo de la puerta medieval de la ciudad, en la que se lee la inscripción “Concordia domi foris pax” (Adentro concordia, afuera paz). Y a estos se sumaban las grandes cadenas de televisión (NDR, SWR, etc...) que parecían sacarse los ojos por un miserable metro cuadrado cercano al nuevo Museo Hanseático para postrar allí sus sets de filmación.
El día trece del mes cuatro era el elegido por los manifestantes para comenzar su expresión pacífica contra la reunión de altos mandatarios (pese a que la policía dice haber encontrado adoquines escondidos en los tachos de basura por los manifestantes, quienes se piensa tuvieran la idea de arrojarlos tanto a las fuerzas policiales como a los mandatarios, la demostración fue pacífica). En efecto, la manifestación se realizó la noche del día 13 de abril. Con la particularidad de que fue llamada Tanz-Demo (Demostración danzada) ya que consistió en una inusual fiesta con música techno en la cual alguna bandera amarilla (amarilla como los cartelitos de hacía una semana) flameaba sin mucho ímpetu, y las consignas de la demo no parecían del todo claras. Los transeúntes ajenos a todo este despliegue pop no lograron establecer una única versión de lo que la demostración quiso expresar, o de qué manera es que se opuso al G7. De todas maneras el ruido de la música a todo volumen a altas horas de la noche y el inusual (y exagerado) despliegue policial (según el diario local Lübecker Nachrichten hubo unos 3.500 policías para unos 500 manifestantes) prometían, al menos hasta la mañana siguiente, una importante propaganda periodística. Pero esa misma noche de 13 de abril quiso el destino, que con cada uno de nosotros se divierte, acallar a uno de los tambores más estridentes de los últimos 50 años de la escena política, cultural y literaria centroeuropea, y todo Alemania lamentó la pérdida del escritor Günter Grass, quien a causa de una infección falleciera en una clínica de la coqueta, pequeña, norteña y revolucionada ciudad de Lübeck. El 14 de abril los diarios alemanes mostraban una llamativa primera plana con el rostro de Günter Grass y escondida en un pequeño recuadro, una mención a la fallida primera demo pop contra el G7. Pese a todo, tanto para esta noche de 14 de abril, que sólo los periódicos del mañana sabrán cubrir o encubrir, como para las subsiguientes hasta el final de la semana, las demo pop prometen movimientos más serios y pancartas elocuentes.
Un latinoamericano que ya no cuenta con su bicicleta, se pregunta si es risa o preocupación lo que debiera sentir frente a esta crónica de lo absurdo, en tanto las demostraciones pop, tan blandas y poco claras, no terminan de representar y expresar las problemáticas que el G7 representa: una reunión exclusiva de las altas esferas económicas que, así como si nada, construyen un santuario del pasado (un museo) para sentarse a la mesa de las grandes desiciónes y rever sus planes, seguramente lejanos a una política humanitaria, sobre cómo mantener el poder geopolítico y económico, endeudando y desendeudando naciones.



martes, 17 de marzo de 2015

Seis horas, filósofos y personajes


Gombrowicz y Pettoruti juegan a Pirandello, desandando los ventajosos cruces del teatro, la filosofía y la pedagogía, frente a la renovada figura del aprendiz lector que busca generar conocimiento fresco.


La pedagogía y la filosofía son, sin duda, dos prácticas hermanas, ya que tanto la filosofía como la pedagogía se aprenden al practicarse y existen en tanto se practican. La pedagogía es, en esencia, filosofía. Que no conforme con el por qué, nos empuja a la pregunta del cómo. A su vez, la filosofía tiene un gran contenido de pedagogía, ya que parte fundamental del pensamiento y su síntesis o reducción, son sus expresiones. Cuanto más clara la pregunta, más clara la respuesta. Los caminos de estas dos prácticas no son dos sino incontables (cada práctica con incontables abordajes). Pero sucede, más que amenudo, que mediante la voluntad de un pedagogo filósofo, o filósofo pedagogo, el camino a recorrer en el basto campo de la filosofía logra alivianarse.
Ya muy enfermo, en su último mes de vida, al escritor polaco Witold Gombrowicz le proponen dar un curso privado (íntimo, en realidad) de filosofía. La intención en la propuesta de su esposa Rita y su colega Dominique, era la de acercarlo a una de sus primeras pasiones: la filosofía. Él acepta y resuelve hacer un recorrido por los lares filosóficos de 6 principales exponentes. Y me refiero a seis, porque si bien sobre el final se menciona a Nietzsche, el escritor polaco lo entiende a este último como escritor y no como filósofo. Gombrowicz enhebra a estos 6 filósofos con el hilo de la reducción del pensamiento. Es decir, desanda el camino que, según él entiende, ha recorrido el pensamiento occidental-centroeuropeo a lo largo de estos pensadores. La forma de hacerlo no es otra que con una especie de obra de teatro. Aclaremos que él no escribe una obra de teatro, sino que él mismo actúa un curso de filosofía, que consta de seis horas (y cuarto) distribuidas a lo largo de un mes (inevitable margen, debido a su trágico final). Gombrowicz actúa para su mujer y su colega escritor un curso, y ellos toman nota de su interpretación para luego reordenar estos apuntes en un libro (“Cours de philosophie en six heures un quart”). Esta obra tiene como personaje principal al escritor polaco, que hace de profesor de filosofía dando su curso basado en 6 filósofos: Kant, Schopenhauer, Hegel, Sartre, Heidegger y Marx (y, como ya dijimos, una breve aparición del escritor Nietzsche sobre el final); y enseña a partir de una parodia de sí mismo.
El profesor de filosofía de la Universidad Nacional de La Plata (Buenos Aires, Argentina) Carlos Pettoruti, parafrasea en su libro „Seis filósofos en busca de un lector“ (ed. Lerner, Buenos Aires, Argentina) al dramaturgo italiano Luigi Pirandello. Y, tal cual su título expresa, nos lleva, a lo largo de su libro, por un viaje filosófico, desde la antigua Grecia hasta la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, apoyándose en 6 pilares filosóficos: Sócrates, Santo Tomás, Kant, Kelsen, Radbruch y Cossio. En este segundo caso, tenemos a un profesor de filosofía que, haciéndose de un argumento teatral, nos enseña los fundamentos filosóficos del derecho jurídico mediante 6 filósofos (tal como hiciera Gombrowicz) y los „puentes históricos“ con menciones a otros filósofos. Ambos filósofos-pedagogos utilizan un medio de expresión como el teatro, para entreverar el contenido con la forma, logrando así, que la lectura de estos libros se desande rápidamente y en forma entretenida. El tedio, que ha sido por los años de los años el peor enemigo del estudio de la filosofía, se ve superado en estos dos intrépidos escritores y sus métodos de enseñanza. Pirandello, en una empresa similar, no enseña pero desata en su obra de teatro „Seis personajes en busca de un autor“ la bandada de preguntas existenciales que el Prof. Pettoruti y Gombrowicz supieron sintetizar o reducir en sus respectivas obras.

Esta breve triple reseña que aquí comparto, echa luz sobre un hecho que poco se toma en cuenta al formar parte de un público (no sólo en los ciruclos artísticos, sino a un nivel más amplio de la sociedad: un público espectador en general), y es que una de las funciones de la obra artística (sea literario, musical, plástica, etc...) es la de expresar ideas, pensamientos o sentimientos por medio de una reducción y desarrollo que permita entregar en oídos, ojos, y alma del espectador, un contenido moldeado, torneado y elaborado no sólo para su entendimiento, sino también para su aprehensión. Esta última posibilidad es la que abre las puertas del más profundo de los sótanos del arte, la aprehensión de una obra. No el entendimiento del arte, sino la percepción del arte y su contenido: un sonido, un gesto, una historia, una idea, un sentimiento, un color, una textura, etc... Como la filosofía requiere de un entendimiento, ya que este es uno de sus objetivos: no sólo preguntarse, sino también responderse para preguntarse nuevamente. La obra de Pirandello devino en nuevas versiones, reducciones de su contenido filosófico. La pedagogía se entrometió con un renovado estilo: generando conocimiento entre profesor y receptor, esquivando a los dinosaurios que de tanto en tanto se fosilizan en sus cargos lodazales, vomitando su saber caduco y sus formas arcaicas. Es aquí donde, nuevamente, Pettoruti y Gombrowicz sobresalen como pedagogos de la filosofía o, para un servidor, dos artistas de la pedagogía. Sus trabajos, respectivamente, son un llamado de atención, no para los jóvenes pedagogos (quienes aprenderán seguramente de estos dos maestros indirectos), sino para los renombrados profesores, escritores o divulgadores de saber, que se atan de las loas que el pasado les cantó y no son más que viejos roperos, repletos de mandamientos, metodos en desuso y varios trajes de fajina apolillados.

martes, 27 de enero de 2015

El espejismo


El caso del joven Müller en su clase de piano, nos revela el peligro que el espejísmo educativo alemán encierra: Una creciente, nueva y mejorada división de clases. Una mirada hacia afuera, sólo en pos de reivindicar lo propio.

Aunque fueron sucesivos los casos, tal vez por no estar todavía imbuido en los temas de actualidad local, creí que se trataba de una estratagema de algunos estudiantes para sobrellevar su falta de ganas de aprender música. Luego, con el paso del tiempo y con la aparición de nuevos casos, comencé a sospechar que algo sucedía con los alumnos de piano de la pequeña escuela de música Musik Atelié de Bad Bramstedt. El ejemplo que más me llamó la atención, fue el del joven Müller, que de ser un alumno lleno de curiosidad y energía, pasó a ser un hombre de 40 años encerrado en el cuerpo de un niño, que no hacía más que hablar de cómo el estrés lo aquejaba. La escuela había pasado a ser para él, un trabajo sin remuneración y obligatorio, que marcaría el resto de su complicada vida.
Estas ahora fundadas sospechas terminaron de confirmarse cuando los rumbos de la pedagogía me llevaron a impartir clases de composición en un colegio secundario alemán, más precisamente en el último grado de un colegio de tipo Gymnasium, llamado Katharineum. Aclaro esto último, porque es aquí donde radica quid de la cuestión, ya que en Alemania los colegios secundarios, a partir del 4 grado, reparten a sus alumnos en diferentes instituciones, dependiendo del promedio de cada alumno. Es decir que los alumnos con mejor promedio, continúan sus estudios en un Gymnasium, que les permitirá luego, llegado su egreso, recibir el tan anhelado Abitur (un tipo de título secundario, el „mejor“) y con este, la posibilidad de estudiar cualquier carrera universitaria que se propongan. Luego, en un sugerido escalón inferior, se encuentra la Realschule, a la cual asisten también alumnos con un promedio alto (no tan alto como los de Gymnasium), y brinda a los estudiantes un título secundario medio, que los avala para estudiar muchas carreras universitarias (no todas) y realizar cualquier tipo de terciario. Por último, nos topamos con la Hauptschule o el infierno. Este tipo de escuela es el que recibe a todo aquel que no tiene un promedio apto para el Gymnasium o la Realschule. Quienes recaen en esta institución, tienen al final de sus estudios un título secundario de cotillón, que los avala para estudiar algunos terciarios (los llamados Ausbildung). Por ejemplo: Quien no alcanza a estudiar en un Gymnassium, no se le permite estudiar medicina, y a quien recae en una Houptschule, no se le permite estudiar ni medicina ni derecho.
Las mentes alienadas del Gymnasium en el que di clases, sufrían de altísimos niveles de estrés. Estos estudiantes, de entre 16 y 17 años, llevaban una vida de persona avejentada, atareada y responsable. Esta vejación a su juventud se manifestaba muy claramente a la hora de interactuar con el arte (en este caso con la música), ya que, debido a que para estudiar música en Alemania no se necesita un Abitur, la clase de arte no significaba para estos chicos, a priori, mas que una pérdida de tiempo, valioso e imprescindible tiempo. Pasado el primer mes de clases, los estudiantes notaron que tal como a otras materias, a la música puede tratarsela con compromiso, y algo que les resultó aún más extraño, fue que ese compromiso no se funda necesariamente en las presiones y los plazos, sino en la necesidad de expresarse (cosa que a estos estudiantes les vino al pelo). Las ráfagas de expresión (ya que aveces eran raudas y excesivas) se manifestaban de diversas maneras: Con cierto goce al escuchar la propia producción musical, con lamentos por no poder ejecutar un instrumento „correctamente“, con compromiso por lo propio (sus composiciones), o sencillamente con violentos golpes a instrumentos de percusión (estas últimas expresiones, más cercanas a una suerte de catarsis por parte de los alumnos más problemáticos).
El pequeño Müller fue quien me lo contó todo. Su versión infantil fue la más clara de todas las versiones que escuché (por parte de profesores, estudiantes, alumnos, colegas, etc...). Él, con su cara redonda y de cachetes rojizos, cubierta por un marcado flequillo a la Carlitos Balá, me contó desde su punto de vista, el pesar con el que atravesó las pruebas escolares que, según él, definirían su futuro. Un niño de 10 años me hablaba de juntar castanas, jugar a la pelota, molestar a su hermano, y al mismo tiempo de su estrés, su futuro y su profesión. Una insalubre mezcla de temas, que poco y nada tenían que ver con los acordes de „La marcha imperial“ de Darth Vader, el bajo de „Mision imposible“, o la melodía de „La pantera rosa“.
El espejismo de la educación puede ser muy atractivo por estos lares. Puede llamar la atención de los más percatados, y llevarlos a pensar que, por tratarse de un modelo bien financiado, de infraestructuras de primer nivel, en un país de calles limpias y trenes puntuales; se tratara de una excelente formación escolar con vista a un futuro prometedor, cuando en realidad, no se trata más que de una aceitada máquina que promueve una estratificación intelectual de la sociedad, en la cual la salud psíquica y espiritual de los niños, no vale más que su futuro profesional. A los 10 años, muchísimos niños alemanes (y extranjeros en escuelas alemanas) pasan por una de sus primeras grandes crisis y contraen en este pasaje de sus vidas, la enfermedad que hoy es una epidemia a nivel mundial, y para la cual no se ha encontrado cura alguna: El estrés.

Por medio de este engranaje de frustraciones y orgullos artificiales, este sistema educativo pretende una marcada división de clases: Quienes pueden pensar, distintos de quienes no. Esto transforma a Alemania en un país donde todos tienen iguales posibilidades económicas de ser y hacer (dentro de lo que el sistema educativo ha decidido para cada uno de ellos) quienes quieran y lo que quieran.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Aprendices, Compañeros y Maestros

1° parte
Logias por doquier, desde la ciudad de las diagonales hasta la ciudad de las iglesias medievales. En el 2014 la antigua hermandad de librepensadores masones sostiene su discreción y enciende la curiosidad en algunas almas creativas.

    Me encuentro en la contradictoria situación de escribir (y escribiendo divulgar) sobre una serie de situaciones que comencé a vivir hace unas semanas, relacionadas a una organización con fuertes fundamentos en la discreción. Esta característica es la que me contraria hoy en día cuando intento desarrollar de la forma más clara y detallada posible, los escenarios y sucesos con los que la mera curiosidad me ha encontrado.
    El cuento empezaría con una tarde lluviosa, en una ciudad relativamente grande, pero con alma de pueblo. Donde cada fachada tiene una historia y la simbología se hace presente en cada edificio y cada monumento. Una ciudad de calles adoquinadas y que, pese a la lluvia, exhibe orgullosa un verde follaje que resalta del fondo grisáceo que la lluvia remarca. Esta historia comienza en esta locación que, pese a las coincidencias, no se trata de la ciudad de La Plata (Argentina), sino de la ciudad de Lübeck (Alemania).
    Una tarde de lluvia, en la norteña ciudad de Lübeck, se alzaba imponente frente a mi una robusta puerta de madera, sin adorno alguno, abrazada por un edificio gris de piedra, que parecía comprender no sólo el número 2 de la coqueta calle St. Annen, sino también extenderse hasta la esquina, y una vez allí, unos metros más hacia la derecha. El edificio tenía unos 3 pisos de altura, con una fachada antigua y marcial, y sobre su entrada se leía en grandes letras metálicas: “Freimaurerloge” (Logia de la Libre Masonería).
    Allí me encontraba yo, frente a esa puerta cerrada (nunca ví una puerta más cerrada). Toqué timbre, esperé. Nadie atendió. Volví a tocar timbre y esta vez saludé a la cámara del portero eléctrico, creyendo que tal vez alguien del otro lado me estaría observando y podría tomar con gracia tal gesto, pero nada. Continué esperando, y dando por sentado que nadie me iba a atender, decidí marcharme, y cuando me disponía a hacerlo, escuché una voz lejana que trataba de llamar la atención de alguien: -¡Hola! ¡Oiga!. Miré por sobre mi hombro y vi a un hombre de traje portando un paraguas, que llevaba de la mano a una anciana. Ambos caminaban bajo la lluvia y se alejan cada vez más. Giré, y al verme el hombre, volvió a gritar, en alemán y bajo el ruido de la lluvia, por lo cual a duras penas pude entender lo que decía (además, todavía no estaba seguro de que me hablara a mi), pero creí entender algo como “¡Oiga, ya voy!”. El hombre se alejó lentamente con su viejita, entonces descarté que se hubiera dirigido a mi.
    Bajé los escalones de la entrada y me dirigí a la esquina, creyendo que podría ser otra la entrada principal del edifício. Recorrí todo el frente y no encontré nada, y ya cuando la lluvia me había molestado lo suficiente como para irme a casa, ví que el hombre que hacía una rato estaba gritando desde la otra cuadra, se acercaba y sacaba una llave de su bolsillo. Efectivamente, me había gritado a mi y, efectivamente, volvía él despues de un rato. Lo intercepté cuando estaba abriendo esa puerta (la cual creí nunca se abriría). El hombre me pareció algo sorprendido e incómodo cuando lo saludé, como quien creyendo estar solo, es sorprendido por un testigo. Esta actitud me llamó la atención y vacilé unos segundos antes de dirigirme a él. Pasada la sutil tensión que este instante generó, extendí mi mano para estrechar la suya y me presenté: -Buen día, me llamo Pettoruti-. El hombre me examinó por un momento y complementó mi saludo apretando mi mano y plegando su paraguas, simulando ningún apuro. Luego me dijo: -Ah, Pettoruti, Italiano, sí, lo estábamos esperando-.

    Aquí no termina la historia. Pero aquí termina esta parte de la historia, en este texto. El secreto, o la omisión, son dos de las bases de lo que hoy se conoce como la libre masonería. No hablamos de oscurantismo, donde hay una intensión expresa por ocultar, sino del secreto. A esta logia tiene acceso (aunque sea informativo) cualquier persona que se interese en la misma. Su bajo perfil y sencillez, permiten que esta organización mantenga, a lo largo de siglos, su estructura intacta, y (no tan intactas) sus ideas fundacionales.
    Cuántos de ustedes, estimados lectores, saben de qué se trata la masonería, y aún conociéndola, cuántos de nosotros sabemos a qué se dedican estas logias, cuáles son su actividades, o si realmente existen en forma activa. Más allá de estas preguntas y sin desmereser a quien se tome el trabajo de investigar al respecto, este humilde escritor cree que el legado más importante de la libre masonería en el siglo 21 ha sido, y es, la intriga, el secreto, y la hermandad. Estas tres palabras que encajan perfectamente en el preconcepto que uno tiene sobre la libre masonería. La intriga, como combustible de la creatividad, ya que aveces el crear es una necesidad, una necesidad fundada, en algunos casos, en la intriga. El secreto, que promueve la virtud de quien lo guarda y de quien recorre el camino para conocerlo. Y la hermandad, que remite a la unión, a la consideración y tolerancia entre los aprendices, compañeros y maestros.
   Claro, no son organizaciones que necesariamente promueban el desarrollo social desde la inclusión (de vital importancia en la actualidad). Pero es que nos referimos a una práctica que se remonta cientos de años en el pasado, y que ha pecado de anacrónica. El bien que la libre masonería nos deja hoy en día, es un bien creativo. Da rienda suelta a la imaginación, genera escenarios sombríos y laberínticos, en los cuales la intriga todo lo cubre. Material literario, programático-musical, artístico. Una acertijo interminable de pistas y falsos pasadizos, que llevan a la creación de nuevos relatos, nuevas historias.

    Esta ciudad del norte de Alemania, tiene un espíritu parecido al de mi ciudad natal: La Plata, que fue fundada y enarbolada por masones. La simbología masónica se extiende a lo largo y a lo ancho de la ciudad antigua de Lübeck, así como sobre el casco urbano de la ciudad de las diagonales (tal vez esta última aun con más peso simbólico). La intriga es, en este caso, un lazo invisible entre estas dos ciudades, un lazo invisible e irrompible. Un vínculo de historias de misterio, que un alma curiosa recuerda con nostalgia. Un alma que, tal vez, haya comenzado el camino del Aprendiz.